Gastón Cottino – “El odio oído”

Por un lado está esa fortuna con la cual era posible
comprar la libertado de cinco mil esclavos negros,
como si a alguien se le fuera a ocurrir utilizar
esa riqueza para comprar la libertad de cinco
mil esclavos negros.
Ricardo Piglia

La invención, la resistencia sin nostalgia y
la poesía provienen del discurso del analista
que esclarece los otros tres discursos, más antiguos,
formalizados por Jacques Lacan.
Judith Miller

Aunque tal vez no lo trabajemos tanto, los psicoanalistas conocemos al odio como pasión, junto a sus estragos. Por otra parte, también sabemos con Lacan que el mercado, ayudado por la tecnociencia, produce, en forma necesaria y lógica, junto a la producción de objetos, un proceso de segregación.

Comienzo con una hipótesis afirmando que el odio ocupa buena parte de nuestra historia y de nuestro presente, en el cual, a causa del discurso capitalista, puede ser relevado por la segregación. Me pregunto, así mismo, si los analistas lo escuchamos y cómo.

Algunas precisiones de Lacan en su primer Seminario, de 1954, nos resultarán de utilidad: “Con el odio sucede lo mismo. Existe una dimensión imaginaria del odio pues la destrucción del otro es un polo mismo de la relación intersubjetiva”1. Por supuesto, desde la misma constitución del Yo, y la entrada del goce en el cuerpo imaginario, se abre la posibilidad de que el otro, en quien me reflejo, justamente por ello, sea amado u odiado en todas sus variantes.

Pero Lacan da un paso más: “la relación imaginaria está enmarcada en la relación simbólica y, en consecuencia, el odio no se satisface con la desaparición del adversario. Si el amor aspira al desarrollo del ser del otro, el odio aspira a lo contrario: a su envilecimiento, su pérdida, su desviación, su delirio, su negación total, su subversión. En este sentido el odio, como el amor, es una carrera sin fin”2.

Cito in extenso para subrayar las consecuencias de la determinación simbólica, es decir del Otro, respecto del odio. Los sustantivos de Lacan van desde la afectación, pasando por las formas del delirio (Otro gozador) hasta la negación total o subversión del otro. Y para peor, esta pasión no tendrá fin.

Habría mucho pero mucho para ejemplificar estos párrafos de Lacan. Tomamos brevemente un caso de nuestra literatura, El Entenado de Juan José Saer, en donde se presenta al otro como radicalmente Otro para que, de allí en más, puedan llevarse a cabo las distintas formas de aniquilación que se conocen desde la conquista de América. El narrador de esta novela fue un sobreviviente, Francisco del Puerto, grumete de la expedición de Juan Díaz de Solís. Éste la cuenta en dos tiempos, desde su estancia con los colastiné, tribu antropófaga que remeda a los tumpinambá de la selva brasilera y luego, desde su melancólica madurez. Los rituales de aquella tribu se realizan en ciclos e incluyen el comerse al enemigo, la orgía y el consumo de alcohol, pudiendo llegar hasta la muerte. Lo anterior se alterna con arduos períodos de trabajo, enfrentando las penurias a las que los libraba la naturaleza.

Para Julio Premat, Saer tenía en claro algunos temas freudianos a la hora de escribir este texto. Utilizaría por ejemplo “El sentido antitético de las palabras primitivas” para construir el lenguaje de los indios así como el mito del padre de “Tótem y Tabú” para sus rituales. Sin embargo, en los colastiné se trata más bien de la repetición y de una emergencia plena del Ello3.

Otra manera de considerar este asunto es ir directamente a las fuentes etnológicas, al texto sobre los tupinambá de Alfred Métraux, compañero de Bataille, Caillois y Leiris, en el Colegio de Sociología.

Métraux indica que ese canibalismo no adolecía de reglas ni de valores, los cuales circulaban en torno al ritual antropomorfo. Razón por la cual, la novela de Saer deja abierta la pregunta por la representación que se tiene de este Otro aborigen y su violencia ritual4.

Cité brevísimamente un caso pues las representaciones con las cuales se intenta conjurar al Otro merecen ser estudiada en sí mismas, en su relación a cada contexto, a los cuerpos que las soportan y a las singularidades que escapan al conjunto. Ejemplos de un Otro bárbaro, como es sabido, pueden ser la mujer, el loco, el inmigrante, el negro y el delincuente, entre tantos otros.

De una manera general, estas representaciones del Otro bárbaro poseen al menos un punto de anclaje en el racismo. Allí vemos con Miller que “si el problema tiene aspecto de indisoluble, es porque el Otro es Otro dentro de mí mismo. La raíz del racismo, desde esta perspectiva, es el odio al propio goce. No hay otro más que ese. Si el Otro está en mi interior en posición de extimidad, es también mi propio odio”5.  Esta idea nos regresa desde una lectura colectiva a otra, en el uno del uno, síntoma y fantasma mediante.

Por otra parte, también podemos seguir las tesis de Rita Segato para quien el concepto de raza constituye un “código de lectura de esos cuerpos”6. Se trata de la huella de una historia que al tiempo que otrifica al no-blanco lo subordina a ciertas élites, en una experiencia que provee de identidad y desposee de recursos.

Para esta autora “en Argentina la sociedad nacional fue el resultado del que he llamado ‘terror étnico’”7. Lo analiza a partir de datos que se corresponden con la lectura de Miquel Bassols acerca de la lengua bárbara, pues ella guarda algo del goce como fuente de la discordia. En nuestra historia esto implicó que a través de dispositivos, como la escuela o la salud pública, se haya intentado apagar cualquier huella del origen; convirtiéndose el Estado en una “verdadera máquina de aplanar diferencias”8. Más allá de éste, las “bromas” sobre el modo de hablar de cualquiera que no hable como “nosotros”, han estado fuertemente instaladas desde hace más de un siglo. Claro que no solo las élites segregan.

Volvemos entonces a una advertencia de Lacan: “hoy los sujetos no tienen que asumir la vivencia de odio en lo que este tiene de más ardiente. ¿Por qué? Porque ya de sobra somos una civilización del odio (…) El odio en nuestro discurso cotidiano se reviste de muchos pretextos, encuentra racionalizaciones sumamente fáciles. (…) Como si la objetivación del ser humano en nuestra civilización correspondiera exactamente a lo que –en la estructura del ego– es el polo del odio”9.

Destaco de aquí lo racionalizado del odio y esa objetivación, la cual, si ahora saltamos a 1963, a la altura del Seminario 10, se refiere a la segregación. Allí Lacan habla de una operatoria con los restos en los campos de exterminio nazi y agrega: “en el circuito económico, la perspectiva del hombre como algo que se puede reducir al excremento no está ausente”10. Idea cercana a otra de Baudrillard en torno a la modernidad: se trata menos del otro como objeto de pasión que como objeto de producción. Lo cual se condice con la hipótesis de trabajo acerca del odio y la segregación como yendo juntas o siendo la segunda relevo de la primera. (Creo que a esta altura al lector no le costará encontrar ejemplos cotidianos con los cuales verificarlo).

Pero echemos un vistazo a El matadero, escrito por Esteban Echeverría, uno de los líderes de la generación del ’37, en 1838 para ser publicado en 1871. En ese matadero, durante una cuaresma, sucede una carnicería ante la mirada fascinada de los pobladores y arengas rosistas.

Esta historia, “llena de sangre y barro”, según Borges, el cual la juzga intemporal, tiene en su centro a las vacas, ese objeto que regresa una y otra vez desde nuestra historia, con su carne, para separar a quienes la comen de quienes no, o a quienes las mandan en barco a Europa de quienes no. Atahualpa Yupanqui instaló en nuestra cultura una metáfora al respecto: “las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas”.

Esta obra, casi al comienzo de nuestra literatura, nos muestra el odio, sí, y en este sentido no está lejos del Facundo: civilización y barbarie, pero en torno a este objeto de consumo privilegiado. En cuanto al lugar del sujeto, la retórica de la novela ubica dos metonimias en donde las vacas remiten a un niño y luego a un enemigo político, los cuales mueren en circunstancias difíciles de olvidar.

Fue también esa generación del ’37 la que dio los fundamentos para la construcción del gaucho’ como categoría, como paradigma del ‘ser argentino’. Nuestro primer centenario muestra con claridad este asunto a partir del pedido que el presidente Saenz Peña le hace a Leopoldo Lugones, dando lugar a una aparatosa y moralista reivindicación del gaucho Martín Fierro en la conferencia “El payador”11.

Cito este ejemplo porque es una manera de construir una categoría por medio de una ficción, en un bucle con las personas implicadas y sus relaciones, tal como lo demuestra Ian Hacking usando como caso testigo al autismo12. De allí a tomar medidas sobre la vida de alguien no hay ni siquiera un paso, y si incluimos a las demandas de adaptación comandadas por las neurociencias, la segregación ya puede prescindir del odio para ser tal.

¿Qué responsabilidad nos cabe como analistas en esta civilización y ante esta barbarie? Nuestra respuesta, si bien puede parecer incipiente en la nueva red Zadig, no es tan joven si revisamos la historia del psicoanálisis desde Freud (desde los textos culturales al Instituto de Berlín) así como las distintas estrategias y producciones de los colegas (desde la amplia inserción en salud pública hasta los desarrollos sobre política y psicoanálisis, pasando por la incidencia respecto del algunas legislaciones y tanto más). Sin embargo hay nuevo sintagma ‘año cero’ que indica un recomienzo y propone llevar el psicoanálisis a lo político, de manera organizada y con una orientación que si bien es común implica incluir las diferencias. Es una manera de entender el ‘año cero’. Y si esto es así, lo oído del odio nos permitirá un trabajo que tenga consecuencias en el Otro y sus pasiones más devastadoras.

 

Gastón Cottino es psicoanalista, reside en Mendoza.

Miembro de EOL Mendoza. Doctor en Letras. Responsable CID Mza. Titular de Psicopatología II. U.C. Coordinador del Centro de Salud Mental Infanto Juvenil Nº6. Responsable grupo Barriletes (N.R.C.).

 

Notas bibliográficas:

1 Lacan, J., El Seminario, Libro 1, Los escritos técnicos de Freud, Paidós, Buenos Aires, 2002. p. 403.

2 Ibíd.

3 Cf. Premat, J., La dicha de Saturno: Escritura y melancolía en la obra de Juan José Saer, Beatriz Viterbo, Rosario, 2010. p. 310 a 320.

4 Raúl Antelo postula algo en la línea de aquello que también trabajaran Walter Benjamin y Roberto Espósito, respecto de la violencia, acercándose bastante a nuestra actualidad política: “En lugar de ser eliminada, gracias a las leyes de la racionalización burocrática, la violencia social es ahora asumida por el poder instrumental, que la prohíbe en manos de los otros, lo cual, sin embargo, genera en nuestras sociedades una dialéctica inmunitaria. Métraux constata pues, entre los tumpinambá, la existencia en el origen comunitario, de un acto violento –la guerra, antropofagia ritual– que funda el orden jurídico para esa cultura. Pero una vez fundado ese orden, el derecho pasa a excluir cualquier otra violencia externa a sus procedimientos, a precio de hacerlo violentamente utilizando la misma violencia que condena”[1]. En Antelo, R. “Apostilla antropofágica”. En Métraux, A. Antropofagia y cultura, Cuenco de Plata, Buenos Aires, p. 77.

5 Miller, J.A., Extimidad, Paidós, Buenos Aires, 2010, p. 55.

6 Segato, R., La nación y sus Otros. Raza, etnicidad y diversidad religiosa en tiempos de Políticas de Identidad, Prometeo, Buenos Aires, 2007, p. 23.

7 Ibíd.

8 Ibíd., p. 58.

9 Op. cit., p. 403.

10 Lacan, J., El Seminario, Libro 10, La angustia, Paidós, Buenos Aires, 2005, p. 324.

11 Yolis, M., “Del gaucho literario al gaucho ‘real’: un aporte a su construcción en Agentina (1845-1913)”, “História da historiografía”, Ouro preto N. 16, Dezembro 2014, p. 15-36.

   https://www.historiadahistoriografia.com.br/revista/article/viewFile/845/492

12 Hacking, I., “Macking Up People”, https://serendipstudio.org/oneworld/system/files/Hacking_making-up-people.pdf