Enric Berenguer, Christian Laval, Pierre Dardot – El Ser Neoliberal
Comentario por: Pablo Fridman

Cada época crea condiciones de subjetividad que le son propias, son las que determinan lo obvio,lo que no se puede discutir en tanto circunda el modo de habitar la época, el conjunto de afirmaciones y creencias que fundan un lazo social y que inciden de un modo sutil en las coordenadas simbólicas desde donde adviene cada sujeto. Obviamente la subjetividad de época es cosa muy distinta que sostener una determinada ideología, de la cual el sujeto podrá tomar mayor o menor distancia de acuerdo a sus identificaciones, siempre de acuerdo a los niveles de increencia que pueda sostener.

La subjetividad de época apunta a determinantes que se instituyen como implícitos de los cuales nadie puede desentenderse. ¿Cómo se podría, entonces, desde el lugar del analista escuchar a un sujeto , sin estar a la altura de la época que lo atraviesa?. Y estar a la altura supone conocer profundamente los determinantes estructurales de la contemporaneidad, estar advertidos de la subjetividad que eso produce.

Hay que distinguir estrictamente la subjetivad de época y qué respuesta emerge de cada sujeto, el uno por uno de la posición subjetiva de cada quien, la respuesta de lo real que se dirige y se determina por esa subjetividad de lo común. La respuesta del sujeto escapa al común de la época, no puede ser atrapada, no puede ser sometida al ideal común, al sentido común, que es profundamente aplastante de esa respuesta singular.

Conviene entonces, en primer instancia, diferenciar subjetividad de sujeto. Estableciendo lugares diferentes para lo uno y lo otro. La subjetividad produce condiciones para un sujeto, que de ningún modo estará impedido de establecer una diferencia sustancial respecto de aquello que lo constituye, a tal punto de poder dilucidar y decidir de qué modo podrá habitar eso.

El principal triunfo del neoliberalismo es que ha logrado, históricamente, construir una ideología que pueda eficazmente defender el capitalismo como un sistema que genera felicidad. Y que genera felicidad estableciendo la propiedad de los objetos como un valor absoluto, por encima de cualquier otro: la vida, la ética, la solidaridad, la nacionalidad, etc.. Una afirmación muy fuerte que no podría enunciarse antes de esa manera, sino a través de valores religiosos , nacionales , de justicia, etc.

El valor absoluto de la propiedad era impensable hasta la primera mitad del siglo XX. De este modo ha logrado crear un sistema ideológico de cobertura, de protección del capitalismo. Enunciándolo como el modo económico menos malo, menos perjudicial en definitiva, en desmedro de otras ideologías que sostendrían que los bienes son en esencia del común de los mortales, que la propiedad es en el ámbito social un bien que puede ser compartido, incluso con desconocidos.

Esta novedad ideológica requiere descalificar otras alternativas, y en esencia es excluyente de cualquier cuestionamiento, de cualquier objeción a sus principios fundamentales. El neoliberalismo se enuncia a sí mismo como un perfecto reflejo de la naturaleza humana en su esencia, el egoísmo natural de la supervivencia, por ende imposible de modificar.

El libro El Ser Neoliberal1, propone un dialogo entre dos filósofos, estimulados por las inquietantes preguntas de un psicoanalista advertido de su época. La conversación se despliega acerca de cuáles son las condiciones de subjetividad que instaura el sistema socio-económico que se da en llamar ´neoliberalismo´. Sin lugar a dudas se trata de un tema de debate, en el que no podrán precipitarse conclusiones definitivas y rápidas, aun así es un debate en el que estamos inevitablemente concernidos.

El lazo social que impone el neoliberalismo deriva de lo que Bentham señalaba desde el utilitarismo como lo que se podría nombrar, y así se dibuja a partir del siglo XVII, el “hombre económico”2. Un sujeto de lo social que sólo puede concebirse en función de su poder de intercambio de objetos por dinero. Esta diferencia que el dinero, en cuanto a cantidad de transacciones, establece, determina una posición que “(…) tal como se ve en el ‘emprendedor` de Sumpeter, se caracteriza más bien por el desequilibrio, por la ruptura permanente de la rutina, por la innovación, por la facultad de adaptarse al movimiento perpetuo del capital”3.

En suma, un sujeto que encuentra su cárcel y su liberación a lo inefable, a lo indeterminado de la existencia, en su poder adquisitivo, o sea en su posición social basada en la compra de objetos en función de su pertenencia de clase. Y desde allí la compulsión social al incremento permanente de la escala económica ascendente, en tanto factor de liberación de los impedimentos monetarios, pero también imponiendo una obligación que lo lleva a un incremento sin límite.

Si bien esto constituye un fuerte sentido de la vida, también provoca una demarcación rigurosa y determinada. Es una fuente inagotable de angustia y desasosiego, nunca es suficiente el quantum monetario que pueda garantizar la vida plena.

El sujeto emprende la búsqueda desesperada y la reafirmación del ´capital humano´que necesita valorizarse sin cesar4. En esta tesitura, las diversas formas de lo subjetivo apuntan a hacerse una ´empresa de sí mismo´, fórmula que tomamos de Foucault, quien su vez la tomó de la literatura que él mismo estudió”5.

Esta concepción del empresario de si mismo debe expulsar toda connotación de la falta-en-ser que habita al sujeto, de modo tal de concebirse como un autómata de autosuperación y de ganancia en su posicionamiento social. De este modo, hay que concebirse como una máquina neurocientífica, que potencia las posibilidades en base a técnicas sumamente reguladas que no admiten el equívoco ni la duda. Todas las energías deben disponerse hacia la consumación de un ´éxito´ que se esfuma continuamente.

El sujeto “(…) debe mantener con él mismo y con sus neuronas una relación de gestión, una relación de rentabilización, una relación que es casi la que se mantiene con un capital del que se dispone. Pero hay una diferencia, precisamente, y es que se supone que somos nuestro cerebro, no tenemos simplemente un cerebro”6.

Esta diferencia entre ser o tener un cerebro debe ser rechazada por la idea neoliberal de la máquina neuronal que produce éxito, incluso al riesgo de someter toda la existencia, también la del cuerpo, a esa carrera loca y desencadenada del ascenso social, con la premisa de evitar todo lo que pueda funcionar como obstáculo, siendo el amor de todo tipo el principal problema a solucionar. El amor también debería ser rentable, debe ser una estrategia de superación social. (Hay que ´casarse bien´, tener ´amigos influyentes´, etc.).

Claro está que “pensar ´soy un cerebro´ es también una forma de gozar”7, supone un dimensión sintomática que elude imaginariamente la castración. Actúa, incluso como una trampa cuando se cree estar actuando en la búsqueda del placer en dirección hacia el más allá del principio del placer. Es una paradoja en la cual la búsqueda a toda costa de un poco más de placer lleva al padecimiento más insoportable y la angustia más arrasadora.

De todos modos, y en esto radica su éxito, resulta muy seductora una época que parte de la idea de que el límite puede franquearse a cada momento, lo que equivale a desconocer la potencia limitante de la existencia humana como tal, y banalizar los impedimentos que hacen a la condición de lo viviente, Enric Berenguer se pregunta: “¿Cómo podemos combatir discursos, como el neoliberalismo y sus compañeros de viaje, que en verdad, si me atrevo a decirlo, tienen la ventaja de ir más allá de las definiciones de la humanidad como algo natural, que incluso, aunque sin confesarlo claramente, prescinden de toda idea de equilibrio, trátese de un equilibrio social, político o individual?”8.

El concepto de ´pasar el límite´ es el fundamento estructural del síntoma, en tanto es envoltura formal de un modo de goce particular, que abre efectivamente a esa dimensión de lo real que no reconoce una barrera. Esa apertura a lo real, esa ganancia de la pulsión sintomática, no impide que el sujeto pague un alto precio respecto del despliegue de su deseo, hasta identificarse a la máquina neuronal que requiere del ansiolítico para seguir viviendo.

Dice Enric Berenguer: “En el fondo, reconozcámoslo, hay algo muy astuto en el neoliberalismo: ha sido integrar en su propio funcionamiento lo más transhumano que hay en el hombre, que es, para decirlo en términos freudianos, el funcionamiento de la pulsión como aparato que no conoce límites, que conecta con la ´ilimitación´ de la que ustedes hablan en relación al capitalismo y específicamente respecto a las formas neoliberales de la subjetividad. Pero me parece que, de todas formas, eso produce síntomas”9.

Cuando nombra la ´ilimitación´, Enric Berenguer se refiere al libro de sus interlocutores La nueva razón del mundo10, donde los autores introducen los fundamentos que dan lugar a esta polémica: las coordenadas neurobiológicas que se articulan con la producción del ser neoliberal en tanto máquina que tiene que producir éxito social.

Sin lugar a dudas, el concepto de pulsión, que en la enseñanza de Lacan se presenta en el análisis como la satisfacción del goce pulsional, es ineludible en esta idea de ´ilimitación´, porque abre a una dimensión en la que el sujeto es responsable de su particularidad en el goce, lo que lo posiciona en el neoliberalismo desde su lugar singular. No puede eludir su posición apelando a un orden que lo determina, más allá de reconocer que esta atravesado por ese orden económico, pero allí debe tomar una posición.

Por ende, el ser neoliberal es un ser de goce, atrapado en su ´ilimitación´. Este lugar del sujeto se sostiene en un fantasma oculto, ya presente, de superar la muerte, desafiarla11.

“La ciencia médica, la biología, empiezan a plantearse abiertamente —y como una perspectiva bastante cercana— la posibilidad de una ampliación importante del horizonte de la vida, algo que en la época de Newton hubiera sido claramente recibido como una herejía, peor incluso que la herejía que se le atribuía a él mismo por querer hurgar en las profundidades de la materia”12.

Por supuesto, todos los avances científicos no pueden desconocer las diferencias de las clases sociales, y por lo tanto beneficiar a algunos a costa de no beneficiar a otros. En la medida en que continúen estas premisas es factible afirmar que la esperanza de vida es y será muy diferente entre los dueños de las riquezas y los trabajadores. Más allá del enunciado de que el acceso a la salud y sus cuidados es universal, la tendencia es que la fuerza de trabajo sea un bien desechable y la propiedad constituya una garantía de sobrevida. La vida misma, de este modo, es un asunto de mercado.

Christian Laval afirma que “No se trata sólo de comprar y vender ´objetos´, se convierte a las personas en empresarios que gestionan sus capitales, se los convierte en sujetos capitalistas y su capital es su vida, su educación, su vivienda, su automóvil, el lugar donde viven e incluso su país. No basta, por tanto, con denunciar la mercantilización, porque en el caso del neoliberalismo no se trata ya sólo de una transformación de los bienes en mercancías consumibles, sino en su transformación en capitales acumulables y rentables. Es esta capitalización de la vida, de la salud, de la educación, de la cultura y de la naturaleza lo que debe ser objeto de un análisis riguroso y una crítica radical”13.

Efectivamente la subjetividad neoliberal es mucho más que una coordenada económica, y tiende a una organización social que privilegia el debilitamiento del lazo social en la medida en que lo convierte en instrumento del goce sintomático del progreso de los bienes.

Pierre Dardot agrega: “Existirán, efectivamente, los medios tecnológicos y los medios sociales para una pequeña minoría, capaces de hacer que la vida biológica, sin ser quizás indefinidamente prolongada, lo sea de algún modo artificialmente, de manera que ya no tendrá ninguna relación con una media válida para todos indistintamente”14.

Este triunfo imaginario, con cierto tinte maníaco, por sobre la muerte mediante la compra de objetos es la carta fundamental de triunfo de la economía de consumo. El concepto mismo de vida es atravesado por la subjetividad neoliberal, no sólo en su eventual prolongación para determinados estratos sociales por la vía de los recursos científicos, sino también por las determinaciones que penetran los valores de la solidaridad, equidad de los recursos, y por sobre todo el desplazamiento de los valores éticos al provecho material circunstancial de cada uno.

No hay que olvidar, entonces, como lo reafirma Enric Berenguer, que siempre está presente en cualquier sistema económico que se presenta como un para-todos “la relación de cada cual con su propia muerte”15.

 

* Berenguer, E., Laval, Ch., Dardot, P., El ser neoliberal, Gedisa, Barcelona, 2018.

 

Pablo Fridman es psicoanalista, reside en Buenos Aires.

Mimebro de EOL y AMP. Médico psiquiatra Jefe del Servicio de Salud Mental del Hospital Álvarez. Miembro de la comisión directiva de la AASM.

 

Notas:

1 El ser neoliberal: Edición a cargo de Enric Berenguer (Diálogos nº 304104) (Spanish Edition) de Christian Laval, Pierre Dardot. Ed Gedisa. Extraido de Kindle (1108 Posiciones)

2 En versión Kindle, posición 176

3 En versión Kindle, posición 199

4 En versión Kindle, posición 202

5 En versión Kindle, posición 208

6 En versión Kindle, posición 277

7 En versión Kindle, posición 323

8 En versión Kindle. Posición 373

9 En versión Kindle, posición 377

10 Dardot Pierre, Christian Laval, La nueva razón del mundo, Ed. Gedisa, Barcelona, 2013 p. 378.

11 Op, cit, en versión Kindle, posición 576

12 En versión Kindle, posición 582

13 En versión Kindle, posición 635

14 En versión Kindle, posición 689

15 En versión Kindle, posicion 718