Cynthia Ottaviano – Fake news, emotividad y democracia

Entrado el siglo XXI existe un claro consenso en torno de que los diversos desarrollos tecnológicos impactaron de lleno en las múltiples disciplinas de las Ciencias Sociales. La comunicación y el periodismo no son la excepción. Por el contrario, las posibilidades que ofrece la Inteligencia Artificial ‒y que día a día se incrementan‒ pusieron en crisis las lógicas de producción y realización históricas, con consecuencias tan profundas como la propia vigencia de las democracias. Fenómenos como las falsas noticias o fake news, la distribución manipulada por algoritmos de la información, las filterbubble o filtros por burbujas, la posibilidad de hacerle decir a quienes ejercen las máximas autoridades políticas de los Estados cosas que nunca enunciaron y que se haga casi imposible descubrirlo, se suma a problemáticas del siglo pasado como la falta de acceso igualitario a los medios, la inequidad en la participación y la falta de universalización de los derechos, entre ellos, los comunicacionales. Así es como los debates se ciernen hoy en torno de una premisa fundamental que declara que el avance de las nuevas tecnologías no puede implicar un retroceso en los derechos de las audiencias, sin embargo, ¿cómo defenderse de técnicas de multiplicación geométrica de falsa información creada con la finalidad de perturbar la paz social o modificar un rumbo electoral? ¿Cómo notar que una noticia fue escrita por un robot que ni siquiera se sabe a quién responde y por ende a qué intereses o necesidades? ¿Cómo defender la privacidad de datos si la entrega de esos datos permite acceder a herramientas y programas sin otro costo que la transparencia para las personas, pero la opacidad para las empresas?

Dilemas sin resolución aún, pero con perspectivas que permiten reflexionar sobre líneas de acción a seguir de manera individual o colectiva, como desafíos en la puerta de un “periodismo en la era de la posverdad”. De hecho, este fue el lema que acompañó durante tres jornadas (del 27 al 29 de noviembre pasado) a especialistas de diversas partes del mundo en el Congreso de TvMorfosis, desarrollado en Guadalajara, México. Más de cincuenta académicas y académicos, así como periodistas y responsables de medios de comunicación, sobre todo, públicos y universitarios, de Colombia, España, Brasil, Argentina, Chile, Uruguay, Inglaterra se expresaron sobre el nuevo paradigma que pretende dibujar el “periodismo de datos”, el “factchecking” (ver Diccionario práctico aparte), así como quién verifica a los verificadores y verificadoras de información, la existencia del periodismo digital o de un periodismo convencional apenas en un nuevo formato digital, la probabilidad de un posperiodismo para una posverdad y si las fake news son en definitiva un término nuevo para un fenómeno viejo. ¿Falsas noticias o fake news?

En general, cuando se menciona el fenómeno de las fake news se lo traduce de manera directa como “falsa noticia”. Sin embargo, resulta necesario diferenciar una información que no es cierta porque se origina en un dato que no es verídico (“El Papa Francisco permaneció durante toda la jornada en el Hotel Hilton”), de una construcción informativa que nace como una mentira con la intención de modificar una realidad social, política u económica determinada (el resultado de la consulta por el Brexit en Inglaterra o las elecciones presidenciales en los Estados Unidos). De esta manera, desde la perspectiva del experto en Comunicación Guillermo Orozco una noticia falsa sólo pretende “llamar la atención, espectacularizar, ya que se hizo con datos sin verificar. Se trata más bien de una desinformación para llamar la atención”, mientras que una fake news “busca distorsionar la realidad con un fin político concreto”.

Conviene diferenciar también emocionalidad de búsqueda de información. En el primer terreno crece fértil la réplica rápida de las fake news, ya que sentimientos como la indignación “hace que la gente no se detenga a pensar. De hecho, es el mayor motor de propagación, como twitter, donde rápidamente puede replicarse un contenido”, sostiene Armando Casas, director de TVUNAM, de la Universidad Autónoma Metropolitana de México. En cambio, en el campo del periodismo o la búsqueda de información podrían encontrarse antídotos. Así crecieron los factcheckers o periodistas que sólo se encargan de verificar informaciones que circulan como ciertas, sobre todo, en las redes sociales. Así, las fake news pueden considerarse como un “fenómeno cultural”, que nació con un objetivo comercial, para constituir un modelo de negocios, ya que cuantos más clics por curiosidad o réplica, mayores ganancias, hasta ser apropiadas por partidos políticos, al producir otro tipo de rédito. Lo cierto es que la problemática se agrava en la actualidad como consecuencia de por lo menos cinco variables concretas:

1- La falta de credibilidad que signa los tiempos.

2- La existencia de situaciones increíbles, pero que aun así son reales; de manera que una vez corroborado ese dato que cuesta creer, genera una base que habilita cualquier situación impensada (los dichos de Bolsonaro sobre el colectivo LGTTBIQ).

3- La posibilidad de difundir y multiplicar en un segundo la mentira, de manera individual, pero también con motores de réplica a través de corporaciones.

4- El odio y la indignación, que llevan incluso a difundir una mentira sabiendo que lo es, para perjudicar a un candidato opositor, por ejemplo.

5- El poder de la imagen que hace cierto lo que vemos, aunque no lo sea. Las Deep Fake y ahora, ¿quién podrá ayudarnos? Sobre este último punto, la imagen que genera sesgo de confirmación, la conmoción aumenta cuanto más se expanden las posibilidades negativas de la Inteligencia Artificial. Es que, a partir del desarrollo de un software específico, en la actualidad se puede lograr que una persona diga algo que nunca enunció. Así de simple, así de complejo. Las Deep Fake son el último invento que acorrala a especialistas, dado que se trata de una forma de manipulación digital por la que se logra que alguien diga algo que jamás enunció y resulta casi imposible de descubrir, a no ser por el contexto y la verificación con la fuente afectada. Así, pueden verse videos de Barak Obama u otras figuras de alta exposición pública mundial que no dijeron cosas que se ve que en realidad dicen y nadie notaría la alteración.

Gracias a Fake App, el programa que se usa para esta nueva forma de manipulación digital, creado y desarrollado por un anónimo con un software de código abierto, se difaman personas o se crean sabotajes políticos y propagandas negativas sin pudor alguno. En la Argentina, se llegó a publicar una tapa de un diario (Clarín) que sostenía que Máximo Kirchner y Nilda Garré tenían cuentas en el exterior, cuando un simple chequeo con el banco en cuestión demostraba que no era cierto. Tiempo después se descubrió la fake news, pero imaginemos la posibilidad directa de que circulara un video con cualquiera de las personas en cuestión explicando por qué no habían declarado la existencia de la cuenta. ¿Quién creería que es falso? ¿Cuántas personas se preguntarían si lo es o dejarían de replicarlo? “Difundir sin reflexionar es aumentar la posibilidad de mala información. Hay que armar la propia dieta de medios confiables, sabiendo que un medio es confiable dependiendo de la ideología de cada persona. Las fake news se pueden filtrar en cualquier ámbito, así que hay que consumir varios medios y armar el propio menú”, recomienda Carlos Scolari, Doctor en Lingüística Aplicada. Si bien desde su punto de vista, “pedirle a las corporaciones que se autorregulen es una buena intención”, prefiere recordar que “si queremos vivir en una democracia hace falta compromiso; somos cómplices al difundir cosas sin pensar. Por eso trabajar en las escuelas con los ciudadanos para que entiendan y puedan usar herramientas también es bueno porque las fake news no van a desaparecer. Como dijo Lincoln, desconfía del whatsapp, que no es bueno para la democracia”, concluyó. Orozco se inclina por el mismo camino de alfabetización infocomunicacional, ya que “la imagen en la información aumenta lo verosímil y no lo veraz. ´Lo vi con mis propios ojos´ es difícil de rebatir, por eso hay que hacer evidente lo que no lo es en sí mismo”. La búsqueda de manipulación de las personas, a partir de mentiras e informaciones falsas, es tan antigua como la humanidad. En su Retórica, Aristóteles sostenía que “más vale un verosímil imposible que un posible inverosímil”, es decir que resulta más sencillo creer en algo posible, aunque no sea verdadero, que en algo verdadero que parezca imposible. De todas maneras, no radica allí el fenómeno de las fake news. Sino en el uso premeditado de la Inteligencia Artificial para construir y propagar una mentira que, además, puede verse y escucharse como verdad, con el fin de modificar el curso de los acontecimientos.

Una vez más, problemas globales, que ocurren por sobre los Estados, perjudican la libre toma de decisiones en el marco de las democracias. Sin límite alguno, por ahora, con ciertas ideas de legislaciones que no convencen a las mayorías y que gozan de mala prensa, sobre todo, porque son rechazadas por las mismas corporaciones que se benefician de las mentiras, no encuentran hasta aquí más soluciones que la propuesta de generar mayor educación comunicacional, aunque tampoco se pone en práctica, y multiplicar organizaciones sociales y asociaciones de periodistas y comunicadores para descubrir a alta velocidad las mentiras, dejarlas en evidencia y propagar la verdad. Casi una aventura de bienintencionados frente a corporaciones trasnacionales que pugnan por la dominación global y no quieren ser reguladas. Mientras tanto, a cuarenta años del Informe MacBride, el derecho humano a la comunicación sigue sin mayores definiciones y la búsqueda de una Convención para constituirlo, donde Naciones Unidas podría impulsar medidas concretas, sólo podría ser una fake news.

 

Diccionario práctico 

Falsa noticia: una información que surge a partir de un dato falso, con interés de espectacularización o desinformación.

Fake news: información construida de manera deliberada para distorsionar la realidad y obtener una modificación en el curso de acontecimientos políticos, sociales o económicos.

Deep Fake: manipulación digital que crea un video falso, hecho a partir de un software de Inteligencia Artificial, tan realista que impide descubrir la mentira. Los labios del personaje en cuestión se mueven con la misma claridad con la que se escucha cada palabra, de manera que luego de un complejo proceso puede hacérsele decir a cualquier persona, cualquier cosa.

Fake App: programa que se usa para crear Deep Fake, creado por un desarrollador anónimo, con un software de código abierto.

Puppeteering: del inglés titiritero, proceso de transferencia de datos para crear una nueva cara digital de una persona determinada.

Native Dubbing: si bien surge con el objetivo de vencer barreras idiomáticas y lograr doblajes nativos, se trata de un software que permite crear nuevas imágenes de personas para hacerles decir cosas que nunca dijeron.

Factchecking: proceso de verificación y chequeado de datos para demostrar una fake news o una falsa noticia.

 

Cynthia Ottaviano es Doctora en Comunicación, reside en Buenos Aires.

Primera Defensora del Público de Argentina.

 

*Texto publicado en la Revista Contraeditorial N° 31, Año 2, 17 de diciembre de 2018.