Aníbal Leserre – “La Hidra Neoliberal” (Parte I)

Introducción

¿Por qué ilustrar el neoliberalismo con la figura de la Hidra, que es un pequeño invertebrado de agua dulce que mide 2,5 cm de longitud con forma de tubo del que salen varios tentáculos, que vive fijo en las rocas, alimentándose de microorganismos, y que se reproduce por gemación? ¿O la culebra acuática venenosa, de 1 a 3 metros de longitud que vive en las costas de los océanos Pacífico e Índico y se alimenta de peces? Ambas están en nuestras intenciones pero solamente para llevarnos a la mitología griega, a la Hidra de Lerna, antiguo y despiadado monstruo acuático con forma de serpiente policéfala (cuyo número de cabezas va desde tres, cinco o nueve hasta cien, e incluso diez mil –según las fuentes) de aliento venenoso, y que fue derrotada por Hércules. Lo interesante de nuestra analogía es destacar que la Hidra poseía la virtud de regenerar dos cabezas por cada una que perdía o le era amputada, y su guarida era el lago de Lerna, lugar del mito de las Danaides; bajo sus aguas estaba una de las entradas al inframundo  que la Hidra protegía.​ Cabe detenernos también en la forma en que Hércules se enfrentó a la Hidra:  tras llegar a la ciénaga cercana al lago Lerna, junto a su sobrino Yolao, cubrieron bocas y narices con una tela para protegerse del aliento venenoso de la Hidra, y Hércules disparó flechas en llamas al refugio del monstruo (la fuente de Amimone) para obligarle a salir. Entonces, se enfrentó a ella con su espada y empezó a cortarle las cabezas que tenía. Pero cada vez que  le cortaba una, otras renacían en el mismo lugar, más fuertes que las anteriores. Apolodoro relata los detalles del enfrentamiento señalando que advertido de que no podría derrotar a la Hidra de esta forma, Hércules pidió ayuda a Yolao. Este tuvo la idea (posiblemente inspirada por Atenea)  de usar una tela ardiendo para quemar el muñón del cuello tras cada decapitación, cauterizando la herida y evitando así que las dos nuevas cabezas brotasen. Hércules cortó todas las cabezas y Yolao quemó los cuellos abiertos, matando así a la Hidra. Hércules tomó entonces su única cabeza inmortal y la enterró bajo una gran roca en el camino sagrado entre Lerna y Eleunte.

Recurramos ahora, brevemente, a la ciencia. A finales del siglo XX, las investigaciones (Profesor Daniel Martínez) reportaron que la Hydra vulgaris no envejece, que sus células no se deterioran, siendo entonces potencialmente inmortal, ya que gracias a sus células madres se regenera y se reproduce sin sexo, a la vez que puede recuperar partes cortadas o dañadas, y crear clones de sí misma. Las más recientes investigaciones apuntan a que el motor de su proceso de regeneración está en la estructura y que, si se toca el citoesqueleto, se puede interrumpir el proceso de regeneración.

No sostenemos en estas notas que el Neoliberalismo es producto de esa única cabeza inmortal, sino que al mismo en su forma y estructura lo podemos asemejar a la Hidra. Y esta semejanza ilustra la “turbia complejidad” que el neoliberalismo impone en nuestra contemporaneidad. Nuestra analogía nos resulta válida, para pensar al Neoliberalismo como una Hidra de numerosas cabezas que tiene la capacidad y el poder de reproducirse y regenerarse permanentemente. Sin embargo, el mito nos muestra que no es invencible, que no se trata algo natural y eterno, dejándonos la inquietud de quién será el Hércules moderno que con su trabajo elimine esta Hidra. Pero dejemos esta pregunta para el final de estas páginas y como ejercicio para el lector.  Pasemos ahora a ubicar algunas de las formas y temas que las cabezas del neoliberalismo nos presentan.

La trama global 

Diversas crisis, como por ejemplo la quiebra de Lehman Brothers, indican que  los análisis, diagnósticos y pronósticos del fin del neoliberalismo no tuvieron en cuenta su verdadera naturaleza, sus diversas y profundas implantaciones a través de mecanismos y de procesos sociales y subjetivos. En nuestra analogía, esas crisis, unas cabezas de la Hidra cortadas, implicaron que renacieran otras con mayor fuerza en la implementación de la lógica de la competencia de los mercados financieros. En un sentido, lo que esto nos muestra, es la ausencia de crisis en el neoliberalismo, en el que solo hay un devenir acumulativo de diversas formas y modos de las operaciones financieras. A su vez, nos lleva a sostener su entramado bajo una lógica normativa global[1]. Una lógica que sobrepasa la idea de que el mismo se sostiene en la identificación del mercado y la realidad natural; es decir, va mucho más allá de la simple rehabilitación del laissez-faire: “sistema normativo dotado de cierta eficiencia, o sea capaz de orientar desde el interior la práctica efectiva de los gobiernos, de las empresas y, más allá de esto, de millones de personas que no son necesariamente conscientes de ello”[2]. Coincidimos plenamente con esta afirmación, pero además, subrayamos que su eficiencia es notable, en tanto se sigue imponiendo en un constante crecimiento y ampliación a pesar de las consecuencias nefastas que sus políticas han infligido a nivel mundial, lo cual nos deja frente a la pregunta de cómo eso es posible y si no hay oposiciones que se lo impidan. ¿Es necesario un  Hércules para tal tarea?

Naturalmente, para intentar aproximar algunas coordenadas que permitan pensar una respuesta a la pregunta recientemente formulada, es necesario primero tener cierta claridad sobre las diversas ‘cabezas de hidra’ que componen la lógica neoliberal. Estas son productoras de relaciones sociales, de influencia en lo subjetivo, de generar una nueva subjetividad (cuestión fundamental a nuestro entender, que será tratada especialmente). ‘Cabezas’ que dictaminan sobre la existencia, e indican, no ya ‘el mejor de los mundos posible’, sino el único mundo posible, basado en la competitividad, en el modelo de mercado, en la desigualdad, y, que, como sostienen diversos autores, lleva al individuo a conducirse como una empresa, a ser “empresario de sí”. Cabezas complementarias de la nueva razón del mundo, “razón global (…) en tanto mundial y además porque lejos de limitarse a la esfera económica, tiende a totalizar, o sea, a  ‘hacer mundo’ mediante su poder de integración de todas las dimensiones de la existencia humana. Razón del mundo, es al mismo tiempo una ‘razón-mundo’ (Idea tomada de Max Weber)”[3].

Valgan estas caracterizaciones para sostener otro de los ejes que intentaremos presentar en estas notas. Se trata de que no podemos ser indiferentes a su poder de integración de todas las dimensiones de la existencia humana y, por lo tanto, no solo debemos caracterizarlo, sino también ubicar las consecuencias en la conformación discursiva, y en las afectaciones sobre la subjetividad. Entonces se trata de situar sus incidencias, tanto por el debilitamiento, como por las interferencias que se producen en lo simbólico. Y cómo su lógica lleva a la desaparición de una diversidad de derechos, de organizaciones y de individuos. Una desaparición que también implica  la existencia del  psicoanálisis.

Sin el ánimo de una presentación exhaustiva en este apartado, no podemos dejar de lado la mención de la influencia que ha ejercido en la conformación de las ideas y acciones neoliberales el pensamiento de Herbert Spencer; fundamentalmente la cuestión del reinado de la competencia en las relaciones sociales, basado en la reivindicación de un utilitarismo evolucionista y biológico. Su prédica es contra cualquier tipo de intervención del Estado, aunque estos sean liberales, ya que en todo tipo de ley o acción social, Spencer solo ve injerencias y restricciones, que agrupo bajo la denominación  “leyes de coerción” y que abarcan las esferas sociales, médicas, educativas, culturales y un largo etcétera. Todas estas acciones, el ‘querer socorrer a los pobres’, han llevado al camino equivocado a los Estados, ya que no hay límite a las injerencias si se pretende remediar los males sociales que junto al sufragio universal (que conlleva el hacer promesas políticas), han conducido a ser los obstáculos del motor del progreso, del progreso continuo de la vida. En síntesis, es la competencia el motor fundamental para el progreso y para superar todos esos obstáculos. Estas ideas serán afinadas por William Graham Sumner quien sostuvo que la escasez es la gran educadora de la humanidad, en tanto que esta tiende a reproducirse más allá de sus capacidades de subsistencia[4]. Aportó unas de las razones, no la única, para la transformación del liberalismo y para que este saliera de su crisis. Ideas  que hoy se manifiestan en el neoliberalismo como un sistema de normas que llevan a la lógica del mercado a una extensión más allá de sus fronteras y se inscriben en prácticas gubernamentales, instituciones y estilos empresariales. En síntesis, ya no se trata del laissez-faire, sino de un masivo intervencionismo cuyo fin son políticas que conforman no solo las relaciones económicas, sino también las sociales en su amplio espectro. Políticas regidas por la competencia. Es decir,  no se trata de un simple retorno al liberalismo sino de una voluntad de reinventarlo, bajo un nuevo orden legal que dé el marco jurídico a la iniciativa privada y a la competencia. Un orden de mercado como un orden construido, y desde allí establecer un programa político cuyo objetivo fue y es, no solo su establecimiento, sino su mantenimiento permanente[5]. Neoliberalismo que no es simplemente, si así podemos expresarnos, una ideología partidaria, ya que el mismo lleva adelante políticas específicas, concretas, y se niega a sí mismo como ideología porque él es la razón misma, y sus políticas no deben ser ni siquiera objeto de debate[6]. Razón en la articulación entre la norma mundial de la competencia y producir el arte neoliberal de gobernar a los individuos, homogeneizados bajo la figura de la empresa.

El único mundo posible

Las cabezas de la Hidra llevan adelante una masiva extensión de la lógica del mercado sobrepasando con creces las concretas fronteras y los límites del mismo. Es decir, asistimos a una acelerada y masiva extensión del Capitalismo que afecta a la mayoría de los lazos sociales y la intimidad del ser-hablante. Destaquemos que esta extensión, mundialización se está convirtiendo en la imposición de un modo de vida, pero no uno entre otros, sino del único. No nos parece aventurado sostener que el neoliberalismo sobrepasa con creces la afirmación de Gottfried Wilhem Leibniz (1646-1716) de que vivimos en ‘el mejor de los mundos posibles’, fruto de su intento de conciliar lo opuesto, de unir lo diverso, de resaltar la armonía de las cosas; ese era su espíritu, que lo llevó a idear una filosofía universal, un cristianismo conforme a la razón, a promover la cultura universal y postular una lengua universal; se trata de un notable y neto conciliador pero no de un ecléctico[7]. El neoliberalismo propone una nueva subjetividad, “subjetivación contable y financiera, que no es sino la forma más lograda de la subjetivación capitalista. Se trata, de hecho, de producir una relación del sujeto individual consigo mismo que sea homóloga a la relación del capital consigo mismo: una relación precisamente, del sujeto con él mismo como ‘capital humano’”[8]. Lleva a que toda dinámica social se reduzca a la producción económica como único dogma del pensamiento contemporáneo, reduciendo el mismo y las acciones a que solo tengan validez en tanto favorezcan la acumulación de capital en el marco de la ‘valorizada competencia’. Por lo tanto, no es exagerado sostener la hipótesis de que la actualidad de esta lógica apunta a una radicalización sin oposición, a una única “razón del mundo” que tratamos de ubicar con nuestra analogía de la Hidra y el trabajo de Hércules. Insistimos: ¿Será posible detener esta lógica? El cómo, las maneras, son preguntas fundamentales. Por lo pronto, sostener y transmitir de las diversas formas posibles que la economía de mercado no lo es todo, que los lazos sociales no se pueden reducir a una relación mercantil, en síntesis, que lo humano trasciende.  Transciende a  pesar del avance desde los años setenta a la fecha de los modelos matemáticos para ubicar los valores a futuro, es decir la financiación cobrando un valor exponencial, el dinero como medio y fin de obtener más dinero, por diversas vías, créditos, seguros, especulaciones y la permanente comercialización a futuro, a la vez que las finanzas producen una espiral de deudas a nivel de países y de individuos consumidores. Una fe en el mercado que se ubica como un Dios omnipresente y nos conduce con su mano invisible hacia nuestro destino siempre futuro y siempre pidiendo un poco más. Sin embargo, no debemos contentarnos con declamar, sino también ubicar las causas del avance de esta lógica neoliberal. “La causa principal de la gran crisis social y moral de Occidente (…) se debe al hecho de que el marco social no fue lo suficientemente sólido. No fue la economía de mercado (…) fueron las estructuras que debían enmarcarla las que cedieron”[9]. Extraer las consecuencias de esta afirmación implica uno de los ejes y diques contra las nuevas manifestaciones y proliferación de las cabezas neoliberales que se presentan a sí mismas como la panacea de un mundo sin fisuras. El único posible donde el valor del dinero es la única referencia válida. Sin embargo, esto también afecta al mismo capitalismo ya que la producción deja de ser lo relevante y pasa a serlo lo financiero, que impacta en los lazos sociales y en los procesos de las vidas. Procesos que se sostienen entrecruzando varias cabezas de la hidra, como, por ejemplo, el marco y sostén que los medios de comunicación transmiten por la vía de la ‘posverdad’ sosteniendo una ‘verdad virtual’, pero a la vez muy real en sus efectos. Por lo tanto, en un sentido, atravesamos esta descomposición sin una clara capacidad de entender en toda su dimensión ni los procesos que la sostienen. Además, con el agravante de que el único mundo posible tiende a anular permanentemente la capacidad de respuestas políticas. Y con la extraordinaria capacidad de adaptación que tiene la globalización neoliberal como se comprueba de su extensión en diferentes culturas y civilizaciones. Proceso que nos enfrenta a discernir y dimensionar como la economía de mercado configura un nuevo lenguaje que influye desde nuevas significaciones, cuestión que diferentes autores relacionan con los nuevos dispositivos de la servidumbre voluntaria.

El nuevo  Estado y las limitaciones a la democracia

No se pueden negar las consecuencias del neoliberalismo sobre las concepciones tanto del Estado como sobre la acción democrática. No se trata solamente de aspectos conceptuales, sino de una reconsideración efectiva de los mismos y  la implementación de cambios radicales en su funcionamiento. No se trata de una anulación del Estado o de reducirlo a su mínima expresión (idea del liberalismo clásico) sino de que debe ser manejado por élites competentes, los ‘probados’ Ceos, los hombres de negocios, puros cerebros económicos globalizados. Como sostiene el filósofo italiano Massimo Cacciari, consideran las leyes económicas como leyes de la naturaleza y a la globalización como un movimiento de potencia económico-financiero sin límites y para quienes toda relación de valor con el otro, todo freno ético, toda educación humanista-burguesa es desmantelada pedazo a pedazo[10]. En cuanto a la democracia, producen un profundo cambio sobre la idea de la soberanía del pueblo, ya que se considera una debilidad el hecho de que los pueblos ejerzan influencia a través de la opinión pública. Una de las razones de la importancia que tiene en el desarrollo neoliberal el manejo de los medios de comunicación y la creación de la opinión, por ejemplo, a través de la ya señalada ‘posverdad’, es que no hay hechos sino interpretaciones (como sostenía Nietzche) y lo que se conoce como Lawfare, la guerra jurídica, recordemos la consabida editorial de Clarín que se ubicó como “periodismo de guerra”.

La cuestión puede resumirse así: “El pueblo debe nombrar a quien le dirigirá, no decir qué deberá hacer en todo momento”[11]. Pero las influencias operan tanto sobre los procesos de elección, como en la instalación de la idea de que la democracia se reduce al voto y nada más. Un diseño que empieza a gestarse desde 1930 hasta nuestro días, no solo con  críticas al laissez-faire, sino con la construcción de un ‘código de ruta’ firme y riguroso sostenido, entre otros por los desarrollos, primero de W. Lippmann, y luego por  Hayek, un código que produce las políticas neoliberales y sus normativas prácticas. Un código que lleva adelante las ideas de Spencer a ultranza, quien sostuvo que así como la función del liberalismo fue poner un límite al poder de los reyes, en el futuro se tratara de limitar el poder de los parlamentarios “sometidos a la presión impaciente de las masas incultas”[12]. Un código que intenta corregir toda la teoría política y las bases de la democracia moderna, y que sostiene, entre sus postulados, dejar de considerar como naturales tanto la democracia como la misma economía de mercado. Por lo tanto, el nuevo marco jurídico-político y las nuevas prácticas de su desarrollo en el marco social, dejan caer los ‘mitos’ de la soberanía del pueblo y la justicia social. Código que ubica al Estado bajo la idea de que su función principal es, ser el protector de la competencia y de la estabilidad. Ambas cuestiones se presentan como el derecho principal de los ciudadanos, la soberanía del consumidor. No se anula al Estado, sino que se modifica profundamente la naturaleza de sus intervenciones y la razón de ser con consecuencias fundamentales sobre las cuestiones relativas al Estado de derecho. Se desprende de estas consideraciones el radical cuestionamiento a la democracia liberal y la necesidad de un Estado fuerte pero direccionado, es decir, que adopte someterse y sea guardián  de las reglas del derecho privado.  Por lo tanto, no puede remitirse a la voluntad del pueblo, sino que este tiene que adaptarse a la ‘nueva realidad’ a la nueva razón del mundo, a la primacía de la competencia sobre la solidaridad, cuyo objetivo es la eficiencia. El triunfo neoliberal es haberse convertido “en un modelo universalmente válido para pensar la acción pública y social”[13]. Valga como paradigma, la no tan visible cabeza de Hidra generadora de numerosísimos ensayos y la diversidad de justificaciones teóricas que abundan hoy en día justificando el ‘Imperialismo democrático’ que se impone militarmente en países y regiones, en donde los intereses de negocios económicos sobre los recursos naturales anulan, no solo formas de gobierno existentes, sino las particularidades culturales e históricas. Es verdad que no es una razón suficiente declamar democracia para que lo sea, pero esto no justifica el intervencionismo y la imposición de una ‘democracia neoliberal’.

Cabe también señalar las particularidades del neoliberalismo en Latinoamérica[14], ya que tenemos que el liberalismo fue y es la ideología sobre la cual se apoyaron las oligarquías locales con el modelo agro-exportador. Sader sostiene que la conexión liberalismo-mercado se ha vuelto estructural en la región y sostiene una pelea contra los Estados que generan o generaron políticas internas o externas soberanas. “Los ricos no necesitan del Estado. Tienen los bancos privados, tiene transporte privado, tienen educación privada, tiene planes de salud privados. Los que necesitan del Estado son los más frágiles”[15]. Nuestra hidra no necesita del Estado ni de la Democracia sino simplemente se vale de ellos para su reproducción.

Y el Estado de derecho, bien gracias

De lo presentado en el apartado anterior se desprende que el marco neoliberal reproduce su funcionamiento a nivel general y particular (cada Estado) a partir de la implementación y  distinción entre medidas compatibles o incompatibles con su sistema. Cuestión que no sigue  exactamente el postulado de Hayek, para quién el principio de auto-aplicación por parte del Estado de las reglas generales del derecho privado, es el legado alemán denominado Estado de derecho, como criterio para la distinción entre las medidas compatibles o no, con un sistema de libertad[16]. Además, recordemos a Foucault, quién precisó que la norma del Estado de derecho se constituyó a partir de una doble oposición, por un lado, al despotismo y, por otro, al Estado policial. Es decir que se trata de los recursos (leyes, medidas administrativas, etc.) para el ciudadano contra el poder público. La gran modificación neoliberal implica una amplitud que establece, la regla que preside la elaboración de todas las reglas o leyes. No podemos negar una cierta lógica de principios, pero la cuestión es que el sustrato es que el Estado de derecho se funde con el ideal de una sociedad de derecho privado[17]. La concepción neoliberal, entonces, sostiene un velar y proteger la esfera privada de todos y si un individuo viola este principio, lo autoriza a intervenir en la esfera privada del mismo para corregir la desviación. En suma, el principio lógico del Neoliberalismo es la preservación del orden del mercado; por lo tanto, queda por fuera la posibilidad de la discusión o cuestionamiento a las normas neoliberales y ni hablar de la posibilidad de que el pueblo decida sobre las mismas. Queda en este punto la lectura de las justificaciones constructivistas que los gobiernos particulares llevan adelante, afectando o negando que el poder del Estado se encuentre limitado por el derecho. Justificaciones que muchas veces niegan los tres principios fundantes del Estado de Derecho, que la ley sea el mandato fundamental, las garantías de todos los derechos para todos los ciudadanos y que la ley limite  la administración. Lamentablemente, tenemos ejemplos cercanos y cotidianos de que la administración no solo no garantiza los derechos sino que intenta limitar a la ley. Como vemos, hay un desplazamiento de la idea original del liberalismo que limitaba el orden administrativo en función de la libertad de acción para las empresas (esto por supuesto se mantiene y acrecienta) a la limitación de los derechos individuales o colectivos de orden político, cuestión que evidencia la primacía de lo económico por sobre lo político para el neoliberalismo. Mejor dicho, es un desplazamiento para establecer un orden político-económico que tiene por objetivo su establecimiento y mantenimiento permanente; por lo tanto, es un principio del mismo la modificación de las leyes cuando haga falta para acompañar la permanente evolución económica. Esto es una necesidad estructural del Neoliberalismo, ya que la economía de mercado presupone una sociedad de derecho privado basado en la racionalidad empresaria con toda una gama de consecuencias negativas que trae aparejada esta nueva racionalidad. La cuestión es si no hay un antagonismo estructural entre el neoliberalismo y el sujeto de derecho, ya que el avance del mismo implica que todo tiene un precio, por lo tanto, el derecho también. A su vez, esta lógica viene mellando gradual pero sostenidamente el decir político y consecuentemente las legislaciones vigentes. Y por supuesto, se produce una constante modificación en la distribución de la producción económica. Valga como ejemplo, para no hablar de los tarifazos sobre los servicios en la Argentina,  la distribución en Europa en base a los automatismos financieros del Pacto Fiscal Europeo del 2012.

El individuo empresarial bajo la lógica neoliberal

Se ha constituido una lógica del rendimiento que define y modela a los ‘nuevos individuos’. La premisa general es considerar al hombre como un propietario que acumula capital humano resultado de sus decisiones responsables, sobre los costos y beneficios de sus elecciones[18]. Rendimiento  que define al ‘individuo empresarial’, que asume los riesgos de ser una ‘empresa de sí’. La idea de riesgo se sostiene en  que el marco general es de incertidumbre, efecto, entre otras cuestiones, de suprimir cualquier tipo de mecanismos solidarios. La sociedad del riesgo[19] implica la destrucción sistemática de la dimensión colectiva de la existencia y promueve una radical individualización que ubica la razón de las desigualdades en la responsabilidad individual, “es la ‘individualización del destino’”[20]. A su vez, el sujeto es evaluado y medido constantemente por su valor de uso, por su disposición y fuerza de trabajo. Parte de una lógica de subjetivación financiera, condiciona su presente y su futuro. Pero no se trata de algo externo que se impone, sino que fuerza una nueva racionalidad, a un nuevo funcionamiento de los individuos que se reconocen a través de la competencia y el rendimiento. “El sujeto neoliberal es producido por el dispositivo ‘rendimiento/goce’”[21]. El nada es imposible, el cada vez más rendimiento, el We are the champions, conecta al sujeto con su plus-de-goce, bajo la presión de un imperativo de época, donde cada uno debe reestructurarse, a partir de la identificación del sujeto como “empresa de sí”, donde la superación tiene el carácter de indefinida, y está en la permanente tensión de la competencia. “El marketing constituye un incesante y omnipresente empuje a gozar, tanto más eficaz cuando que promete el imposible goce último mediante la simple posesión de los signos y los objetos del ‘éxito’”[22]. Estas cuestiones nos introducen de lleno en las consideraciones sobre un punto fundamental: el alcance sobre lo subjetivo del neoliberalismo, cuestión que dejamos planteada y que retomaremos en un apartado específico.

Continuemos con “El hombre empresarial”[23] que es producido junto a la creación del mercado como eje central de la existencia global, ya que todo tipo de situación que no se ubique en la competencia es considerada una falla, una alteración a la armonía y felicidad prometida. Estamos bajo una política que, si bien parte de la lógica de mercado, la trasciende, ya que implica  la totalidad de la acción humana, bajo la idea de emprendimiento permanente sobre sí mismo y  los demás, “cada uno debe funcionar como una pequeña empresa”[24]. El giro radical de esta cuestión es que no se trata de algo exterior que debe ser internalizado, sino que la lógica de mercado y la idea de empresa omnipresente son las que proporcionan la interioridad de la relación con uno mismo, y con los otros. Una normativa, de alcances superlativos ya que va mucho más allá, y convierte al mercado en un proceso de formación permanente sobre el individuo. Individualismo capitalista donde actúan las nuevas burguesías financieras y cuyo resultado es llevar al individuo al estatuto de ente bajo una permanente evaluación.

El Imperativo de la competencia

Ya hemos señalado que a pesar de las diversas crisis económicas, los Estados y las organizaciones económicas mundiales junto a los empresarios privados, continúan sosteniendo al mercado financiero y al neoliberalismo como la única alternativa remedio. En esta operación se destaca el imperativo de la competencia a todo nivel, en lo político, en lo público, en la vida social, etc. Recordemos que uno de los pilares de este imperativo fueron las ideas de H. Spencer que relacionó los postulados de Darwin sobre la ‘supervivencia de los más aptos’ con la teoría del laissez-faire; de allí, deriva  considerar a la competencia como el motor del progreso de todas las sociedades. Los alcances e  implicaciones de esta relación son palmarias: todo lo que se oponga, sean individuos, leyes, empresas, derechos adquiridos, países, etc.,  son un obstáculo, una traba a suprimir, ya que el fracaso solo es producto de la debilidad en la competencia. Cuestión  central no solo en las ideas neoliberales sino, fundamentalmente, en su implementación a todo nivel. Se trata de la oposición a ultranza de todo aquello que se considera opuesto o que limite  la competencia y el desarrollo de los intereses privados. “El capitalismo competencial no es un producto de la naturaleza, es una máquina que reclama un vigilancia y una regulación constante”[25]. Una máquina legal, política, policial cuya premisa absoluta es la imposición del criterio de competencia como el único principio válido. Imposición donde el acelerado desarrollo tecnológico del capital en manos de los poderes financieros lleva adelante una constante ofensiva en contra de cualquier tipo de pensamiento y/o acción que presente una alternativa a la fragmentación que el imperativo de competencia lleva adelante en la conformación de los individuos como ‘empresario de sí’. Imperialismo del mercado en el que, más allá del valor de cosas o personas, lo fundamental de ellas es su valor de mercancía, de intercambio. No se trata de verdad (más allá de toda la relatividad que ubiquemos en relación a la misma y sus alcances) sino de efectividad.

La disciplina de la evaluación

El carácter general y excluyente de la competencia necesariamente va acompañado de la diversidad de ‘cabezas de hidra’ que se constituyen como agentes disiplinadores cuya función es la de evaluar a todos: empresarios y  asalariados, caen bajo el imperativo de “rendir cuentas y ser evaluados en función de los resultados obtenidos”[26]. La diversidad de sistemas de control y evaluación, cuya matriz es el principio de castigos y recompensas, se basa en la relación entre libertad de elección y evaluación de sus elecciones, ya que estas deben estar en sintonía con la organización que lo emplea. Es decir, conformar las necesidades ‘objetivas’ del mercado en  metas personales, bajo “un régimen de autodisciplina que manipula las instancias psíquicas del deseo y la culpabilización. Se trata de movilizar la aspiración a la ‘realización de sí’ al servicio de la empresa, haciendo recaer la responsabilidad del cumplimiento de los objetivos únicamente en el individuo”[27]. Estas cuestiones hacen que sea necesario para su eficacia, la gestación de un marco de incertidumbre, de inestabilidad a partir de la posible pérdida del trabajo, siempre pendiente, de la flexibilidad y de varios tipos de amenazas sobre el individuo, ya que el crecimiento continuo de las ganancias de los dueños del capital es a coste de los asalariados. En tanto, los tipos de evaluación son elementos fundamentales de las prácticas gubernamentales actuales, entre las que podemos destacar la tecnológica en sus diversas formas. La presencia actualizada de las ideas de Bentham nos señala las transformaciones que el neoliberalismo viene ampliando y produciendo a escala mundial a partir de la extensión de la creación de la competencia y con los Estados como su garante y ejecutor principal. Estados agentes y facilitadores para que las empresas lleven adelante la evaluación de los resultados, la vigilancia de los comportamientos, de las normas de relación impuestas a cada uno  y con los otros. Estamos bajo formas de evaluación cada vez más generalizadas y sofisticadas, cada día más presente en lo cotidiano bajo útiles prácticas de observación. Cuestiones no solo verificables en los ámbitos privados sino también en los públicos, todos bajo ‘la medición del rendimiento’, que no solo se presentan como exteriores, sino que tiene como objetivos “hacer interiorizar las normas de rendimiento y a veces, mejor todavía, conseguir que el evaluado produzca las normas que servirán para juzgarlo”[28]. Si el lector relaciona estas generalidades con lo que pasa en nuestro país día tras día, le aseguramos que su pensamiento no está para nada errado. Ya que también nuestros pensamientos intentan ser moldeados bajo la proliferación de autoayudas diversas, consejeros de estrategias de vida, seminarios y cursos diversos para reafirmar el yo, la proliferación de  los ‘gurú’ que enseñan el dominio de uno mismo, la diversidad de técnicas para controlar el estrés, etc. Todo potenciado bajo la influencia de los medios de comunicación, ya que en estos claramente se transmite la actitud empresarial como forma de vida, como marco identificatorio para el rendimiento, bajo una pragmática de eficacia comunicacional.

Un tema crucial: la Responsabilidad

Como marco al tema de la responsabilidad, que retomaremos al final de estas notas, señalemos el constante ataque sobre los Estados que llevan o llevaron adelante políticas de carácter distributivo o integradoras. El discurso neoliberal al respecto no ha dejado de atribuirle todo tipo de responsabilidades nefastas y efectos negativos sobre las sociedades. Consideran las interferencias Estatales sobre el mercado como causantes de los males que afectan a la sociedad civil, que niegan el esfuerzo personal, las virtudes cívicas, el patriotismo, la alteración de las virtudes del trabajo fomentando la vagancia y el ocio, etc. No es obvio destacar los efectos de este discurso sobre los individuos, entre ellos la desmoralización y la presentación del único mundo posible, como venimos subrayando, a través de que no es el mercado, y su voraz apetito de ganancias, lo que afecta o destruye la sociedad civil, sino que esto es producto de los Estados, que con sus políticas ‘populistas’ o proteccionistas, no solo afectan a la sociedad en su conjunto sino que repercuten en la moralidad individual. “Los reformadores neoliberales no sólo recurrieron al argumento de la eficacia y el costo, sino que destacaron la superioridad moral de las soluciones de mercado o inspiradas por él”[29]. Reformadores que en un sentido promueven un retorno a valores ‘tradicionales’ como trabajo, familia y fe, pero enmarcados en los nuevos valores neoliberales. Valores resumidos en el principio generalizado de la competencia, y sitúan  al individuo como único responsables de su destino. Discurso que al ubicar la utilidad como el máximo principio, lleva a que todas las vicisitudes y acciones humanas sean juzgadas y evaluadas desde el mismo, es decir, las cuestiones de familia, el matrimonio, la seguridad, la educación, la desocupación, las decisiones políticas, las leyes, toda la vida queda bajo el imperio del razonamiento económico neoliberal. Se trata de que la acción de responsabilizar sea parte del apoyo discursivo para generar las condiciones de que el neoliberalismo no solo sea elegido en democracia sino para su gobernabilidad y las conductas de los individuos. A lo que venimos asistiendo y en muchos aspectos sufriendo es  la implementación de la idea de que todo discurso que se considere ‘responsable’ y ‘realista’ debe enmarcarse en la economía de mercado y en las virtudes de la competencia. “La práctica disciplinaria del neoliberalismo se ha impuesto como un hecho dado, una realidad frente a lo cual lo único que se puede hacer es adaptarse”[30]. Afirmación que nos lleva a la simple pero a la vez compleja pregunta  ¿es lo único que se puede hacer?

Por último, si bien desde el psicoanálisis consideramos que el sujeto siempre es responsable, tanto de su hacer como de su inacción, en un sentido deberíamos matizar esta afirmación si la ubicamos junto a de “la ideología es el fantasma fuera de la experiencia analítica”, en el sentido de que la vida social está dominada por las respuestas fantasmáticas[31]. Respuestas que se ubican y son influenciadas en las coordenadas homogeneizantes del neoliberalismo. A su vez, mantener la puerta abierta a la singularidad a través del discurso analítico, implica llevar al límite el tema de la responsabilidad subjetiva, es decir, poder cernir su sinthoma, su soledad responsable y desde allí ubicar su decir, su hacer y su estar, sin que estas estén determinadas fantasmaticamente ni que sean un eco de la razón neoliberal. Situarse  en un no-para-todos-por-igual en su relación a la existencia sin el velo del discurso capitalista, lo que no quiere decir que sostengamos un punto exterior al mismo, sino bajo la entera responsabilidad del modo singular de habitar lalengua.

Una “libertad de acción” más allá de lo Ético

No es un dato menor considerar y constatar que los principios éticos no tienen cabida en la economía de mercado. Pero esta afirmación va más allá que la cuestiones económicas y financieras, en tanto, es necesario para el desarrollo neoliberal que todo lo relativo a la acción humana caiga bajo el imperativo del ‘interés’, bajo las premisas de la ‘libre elección’, en tanto la línea de conducta es la que más conviene a los propios intereses. Como sostiene L. von Mises en L´Action humaine sobre la teoría general de las elecciones: “Es la ciencia de todos los géneros del actuar humano”[32]. Se trata de que los postulados neoliberales sostienen, promueven y ejecutan una ‘libertad de acción’ sin que la misma tenga en cuenta algún tipo de principios éticos.  ‘Libertad de acción’ como condición fundante de la maquinaria y progreso económico, una  argumento funcional por excelencia. Una lógica que despolitiza no solo a los Estados sino fundamentalmente a las relaciones de estos con los ciudadanos, eliminando del espacio público toda concepción ética, lo que va de la mano de la instalación simbólica de ‘la desconfianza’ como principio y manifestación del espíritu empresarial. “Las tres E del management, ‘economía, eficacia, eficiencia’, han hecho desaparecer de la lógica del poder las categorías del deber y  de la conciencia profesional”[33]. Una lógica que lleva al individuo a considerar su acción y su juicio en la relación entre beneficios y costos, es decir desde su interés personal.

La cuestión es que este dejar de lado los principios éticos trae aparejado una redefinición muy actual del sujeto político. Quizás es mejor que nos corrijamos y consideremos, no una anulación de lo ético en general, sino la supremacía de una ‘Ética empresarial’ en todos los órdenes de la vida, como la ética de nuestro tiempo que ensalza al ‘emprendedor de sí mismo’ y lo confina a un tipo de  vida, pero este ya no es ni la ética del trabajo promovida por el protestantismo, ni la del ascetismo cristiano, es “la idea de que sólo puede producirse la conjunción de las aspiraciones individuales y los objetivos de excelencia de la empresa, del proyecto personal y el proyecto de la empresa, si cada uno se convierte en una pequeña empresa”[34]. Por lo tanto, la época marca el tránsito del individuo ético al empresario de sí que vende sus servicios en el mercado. Entonces, pensamos que podemos afirmar y poner a consideración la hipótesis de que vivimos bajo los imperativos éticos neoliberales que sostienen un para todos y no da lugar al uno singular.

Por lo tanto, nos parece oportuno destacar que la Ética del Psicoanálisis, no solo en su incidencia sobre la práctica y las maneras de agruparse, sino en la manera en que a partir de la misma nos posibilitan una posición y ubicamos en lo social y ante el Estado. Además, si la dimensión ética implica al uno por uno, esta no es para nada ajena con el campo de lo colectivo y de lo político. Campo que en nuestra época se nos presenta como la combinatoria entre la ciencia y el neoliberalismo. Ambos nos presentan un ‘para todos’ de valor universal y homogenizante. La cuestión es como transmitir con el discurso analítico la dimensión ética de sostener en lo colectivo la dimensión subjetiva, un ‘no-todo’, ya que el discurso analítico, como lo sostuvo Lacan, no solo se diferencia del discurso amo, sino también del discurso capitalista. A la vez, demuestra que es, justamente el discurso, lo universal de los lazos[35]. En esta línea, ante la ausencia de lugar para los principios éticos diferentes a la ‘Ética empresarial’, la presencia del discurso analítico implica, a mi entender, la ética de la singularidad y “La incidencia efectiva de la práctica analítica, en la actualidad, de la experiencia freudiana”[36]. Mantener las consecuencias de la enseñanza de Lacan sobre la indeterminación del sujeto ($). Mantener lo singular, que puede ser velado pero no anulado con un ‘para todos’ neoliberal. Mantener una ética de las contingencias con la singularidad sinthomática, sostén de la existencia.

(La segunda parte de estas notas contiene los temas: Neoliberalismo y subjetividad, La democracia liberal, El Capitalismo reelaborado, Psicoanálisis y política, Perspectivas).

 

Aníbal Leserre es psicoanalista, reside en Buenos Aires.

AME de EOL y AMP, ex AE (1998-2000), miembro del Consejo de EOL, docente del ICdeBA. Autor de varios artículos y libros de psicoanálisis y una novela, Contra el destino…

 

Notas bibliográficas:

[1] En estas notas seguimos principalmente los desarrollos sobre el neoliberalismo de Christian Laval y Pierre Dardot en La nueva razón del mundo. Ensayo sobre la sociedad neoliberal, Ed. Gedisa, Barcelona,  2013.

[2] Ibid., p. 13.

[3] Ibid. p. 14.

[4] Ibid. p. 48.

[5] Remitimos al lector al Cap.2 “El Coloquio Walter Lippmann o la reinvención del liberalismo”, en op.cit., p. 67.

[6] Laval, Ch., y Dardot, P., op.cit., p. 245.

[7] La respuesta irónica de Voltaire, con su Cándido, la hemos tratado en otro artículo. Ver La libertad de pluma Número 1-2, Buenos Aires, Marzo 2018, www.lalibertaddepluma.org .

[8] Laval, Ch., y Dardot, P., op.cit. p. 21.

[9] Ibid. p. 126.

[10] Revista Ñ, 22-04-2017.

[11] Laval, Ch., y Dardot, P., op.cit., p. 96.

[12] Spencer, H. “La grande superstition politique”, citado en  Laval, Ch., y Dardot, P., op.cit., p. 43.

[13]  Laval, Ch., y Dardot, P., op.cit., p. 316.

[14] Emir Sader, “El liberalismo oligárquico latinoamericano”. En Página/12, 6-03-2018.

[15] Ibid.

[16] Laval, Ch., y Dardot, P., op.cit., p. 172.

[17] Ibid., p. 176.

[18] Ibid., p. 350.

[19] Tesis de Ulrich Beck, en La sociedad de riesgo.

[20] Laval, Ch., y Dardot, P., op.cit., p. 353.

[21] Ibid., p. 359.

[22] Ibid., p. 366.

[23] Título del Capítulo 4 de La Nueva razón del mundo, op.cit. p.133.

[24] Ibid., p. 126.

[25] Ibid., p. 84.

[26] Ibid., p. 201.

[27] Ibid., p. 231.

[28] Ibid., p. 319.

[29] Ibid., p. 212.

[30] Ibid., p. 236.

[31] Alemán, J., Conjeturas sobre una Izquierda Lacaniana, Ed. Grama, Buenos Aires, 2013.

[32] Citado por Laval, Ch., y Dardot, P., op.cit., p. 142.

[33]  Laval, Ch., y Dardot, P., op.cit., p .323.

[34] Ibid., p. 339.

[35] Miller, J.-A., Los divinos detalles, Paidós, Buenos Aires, 2010.

[36] Ibid.